Tiburón a la vista
"Tiburón, tiburón, tiburón a la vista, bañista..." Esta canción, que últimamente tiene entretenida a mi hija pequeña de 2 años, viene que ni pintada al artículo de hoy.
La verdad es que en cuestión de días:
- Se emiten por televisión "Tiburón 2" y "Tiburón" (la original, la mejor y la firmada por Steven Spielberg), en cadenas, días y horas distintos.
- El periódico "El Mundo", en su edición de ayer, lleva un artículo sobre los tiburones blancos, comparándolos desafortunadamente con "asesinos en serie".
- El primer documental de ayer en la 2 de rtve estaba dedicado al tiburón blanco.
Me pregunto, no sin cierto humor, si esta coincidencia será fruto de la casualidad, de una campaña para proteger nuestras costas desde algún grupo ecologista, de una tentativa asiática que pretende inundar nuestras sopas de aletas de tiburón, del resultado de algún estudio dermatológico que nos invita a no bañarnos en el mar, de un intento de separarnos de los lugares típicos de veraneo ahora que estamos en tiempos de crisis, o simplemente ganas de fastidiar a todas esas personas que ya están preparando el bañador, la sombrilla y la toalla...
Tengo que reconocer que el tiburón es uno de mis animales preferidos pues me encanta su diseño y la majestuosidad con la que se desliza en el mar, su fuerza, su poder. Un verdadero prodigio de la naturaleza capaz de despertanos, a la vez, admiración y terror. Un cóctel de belleza, elegancia y miedo a partes iguales, ideal para el verano.
Gracias a este imaginario colectivo, fruto de películas, algunos documentales y ciertos artículos periodísticos, cada vez que oímos la palabra tiburón automáticamente la relacionamos con tiburón blanco. De esta forma, atribuímos al superorden las características de una única especie.