"The Endurance": mi historia
«Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito»
Cuando Ernest Shackleton insertó este anuncio en la prensa británica en los primeros meses de 1914, no imaginó cuánto de verdad había en aquella terrible oferta de trabajo. Se trataba de atravesar a pie, por primera vez, el continente antártico, una misión capaz de poner a prueba el temple de cualquier aventurero romántico.
Para la expedición Shackleton contaba conmigo, como encargado de transportar a la expedición hasta el mar de Weddell, y el “Aurora” (el barco que Douglas Manson llevara a la Antártida en 1911), que recogería la expedición en el mar de Ross. La duración de la travesía estaba estimada en 120 días.
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Yo era considerado el barco más resistente de todos los que se habían construido hasta entonces en Noruega, pues me habían equipado, para vencer los peligros del mar helado, con una quilla y una proa cuidadosamente trabajadas.
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Cuando Winston Churchill, por aquel entonces ministro de Marina, contestó al telegrama de Shackleton diciendo: “adelante”, la expedición continuó su curso. El 18 de agosto de 1914 zarpamos de Plymouth con 28 hombres a bordo y 68 perros.
Después de permanecer anclado unos días en Buenos Aires, en octubre pusimos rumbo hacia las Georgias del Sur. El ánimo era óptimo. Aquellos que no soñaban con la gloria lo hacían con una paga. Navegando entre formidables placas de hielo, empezamos a adentrarnos en el Mar de Wedell. Bajo vientos poderosos y terribles nevadas, el trayecto se iba volviendo cada día más lento. A mis costados, orcas, focas y pingüinos contemplaban nuestro avance.
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El 7 de diciembre, en pleno verano austral, bien pertrechado y recién pintado, mi proa siente, por primera vez, el contacto con el hielo. Shackleton decide poner rumbo al Sur. El 19 de enero de 1915, y cuando nos quedaban unas pocas millas para alcanzar el continente, quedamos atrapados por el abrazo de oso de los hielos polares. Nuestra posición era 76º 34' Sur, 31º 30' Oeste.
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Con asombro y entusiasmo, sin tomar todavía conciencia de lo que se cernía sobre nosotros, la tripulación solía bajar a los témpanos, realizando excursiones y jugando al fútbol. A pesar de que, de vez en cuando, izaban mis velas o forzaban el motor cuando se insinuaba un estrecho canal de agua, la esperanza de mar abierto se alejaba por momentos.
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El día 21 siento que no me puedo mover, el timón se me había quedado bloqueado peligrosamente por las formaciones de hielo más pesadas, que tuvieron que ser cortadas con cinceles construidos con largos pedazos de hierro y mangos de madera.
La medianoche del día 24, cuando la tripulación se reunía al calor del fuego, escuché un crujido cercano, se trataba de una abertura de agua que se iría ensanchando hasta el día siguiente. Suspiré de alivio, parecía que por fin podría escaparme del hielo que aprisionaba mis costados. Durante tres horas, Shackleton trató de forzarme a entrar en la abertura, apurando las calderas al máximo y con todas mis velas desplegadas. Tristemente, el único resultado visible fue el desprendimiento de los hielos que bloqueaban el timón.
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El día 27 Shackleton decidió apagar las calderas. Habían quemado demasiado carbón, a razón de media tonelada diaria, y con las 67 toneladas que quedaban tenían autonomía sólo para 33 días. Para el día 31 había flotado, unido al hielo, unas 8 millas al oeste. El sol que había estado sobre el horizonte por dos meses, se ocultó por primera vez. A la deriva habíamos alcanzado el punto Sur más lejano a 77º de latitud y 35º de longitud Oeste, desde que quedamos inmovilizados.
Shackelton intentaba comunicarse por radio con las islas Malvinas, donde se encontraban los transmisores más próximos, pero en vano. No sólo era imposible avistar tierra firme, tampoco sabíamos donde estábamos. Las noches, las temibles noches polares, se alargaban.





