Navegante

12-11-2007 09:34:44

El viaje del “New Orleans”. Fuego, terremoto…


El matrimonio Roosevelt comentaba la aventura cuando se retiraron a descansar. Apenas se habían dormido, cuando fueron despertados por gritos y pisadas en cubierta.

Todavía con la idea en mente de los indios, el Sr. Roosevelt saltó de su cama y, tomando una espada -el único arma al alcance de la mano-, caminó en busca de la batalla con los Chickasaws. Sin embargo, se trataba de un enemigo peor: el fuego; las llamas y el humo salían de la sala de calderas. El encargado había colocado algún tronco muy cerca de la estufa en previsión de necesitarse al día siguiente y, acostado al lado de ella se había quedado profundamente dormido. La cabina entera pronto ardía en llamas, y el criado, medio asfixiado, salió a cubierta y dio la voz de alarma. Con gran esfuerzo, el fuego que a esta hora progresaba rápidamente, fue extinguido, después de causar severos daños en el barco que hubieron de ser reparados.

Ya hemos mencionado que, en su viaje de exploración, el Sr. Roosevelt había realizado un aprovisionamiento de carbón en las orillas del Ohio. Ahora había llegado el momento de comprobar el importante significado de aquella atrevida decisión. Diariamente, a primera hora de la tarde, el vapor se amarraba a la orilla con la proa a contracorriente y el equipo desembarcaba para cortar la madera requerida, una vez que el carbón se había agotado, para el consumo del día siguiente.

Una de las características peculiares de este singular viaje era el silencio que prevalecía a bordo. Nadie parecía dispuesto a hablar y cuando había cualquier conversación era casi en susurros. El tigre fue el único que presintió el terremoto mientras el navío estaba en movimiento, inquieto, gimiendo y gruñendo.

Uno de los incidentes más incómodos del viaje fue la confusión del piloto, cuando se sintió perdido debido a los grandes cambios en el cauce del río causados por el terremoto. Donde esperaba encontrar profundidad había raíces y troncos en la superficie. Los altos árboles que habían servido de guías habían desaparecido. Las islas habían cambiado sus formas. Ahora había atajos donde antes estaba la tierra. De todos modos no había ninguna otro opción, sólo seguir. No había ningún lugar para pararse, no había ninguna posibilidad de vuelta.



Después del terremoto, el barco ya no se amarraba a las orillas pobladas de árboles si no a alguna isla más despoblada. El insomnio era otra característica de esta aventura. El sueño continuo y reparador era, al parecer, desconocido. Según cuenta la Sra. Roosevelt: “vivió con un miedo constante, incapaz de dormir, coser o leer”. Una de esas noches, la falta de sueño se debía al ruido proveniente del casco del barco. A la mañana siguiente, se dieron cuenta de que la isla a la que se amarró el barco había desaparecido; y sus fragmentos desintegrados eran los que habían golpeado el navío durante la noche.

Por fín llegan a Natchez, el 30 de diciembre. Esperando permanecer allí durante un día o dos, el ingeniero había permitido disminuir la marcha. Una vez aprovisionados de combustible y tras unas maniobras que estabilizaron el barco, se venció al Mississippi ganando la orilla entre gritos de exaltación y aplausos.

El romántico viaje termina aquí, en Natchez, pues hasta New Orleans no habría ningún acontecimiento digno de mención. Sin embargo, tan singular historia no puede terminar sino con un final feliz. Cuando el “New Orleans” alcanzó Natchez, se hizo llamar a un clérigo para celebrar la boda entre el capitán del barco y la criada de la Sra. Roosevelt, de la que se había enamorado durante el viaje.

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