Navegante

08-11-2007 08:37:44

El viaje del “New Orleans”. Rápidos, indios…


Aunque la idea original era llegar lo antes posible a su destino, situando al barco en la ruta para la cual había sido diseñado, entre New Orleans y Natchez, en Louisville se percataron de que no había una profundidad suficiente en las cataratas de Ohio para permitir al buque pasar sobre ellas con seguridad. Nada podía hacerse salvo esperar, tan pacientemente como fuese posible, una subida del río.



No había nada en el cielo que indicara la presencia de lluvia. Al contrario, estábamos bajo una atmósfera plomiza, sin nubes, que pesaba sobre nuestros espíritus. Por fin, cuando la impaciencia nos afectaba a todos, una mañana de finales de noviembre, se observó que durante la noche se había producido una subida del río, la profundidad del agua en la parte más baja de las cataratas, excedía en cinco pulgadas el calado del barco. Era un margen estrecho, pero el Sr. Roosevelt se aseguró personalmente de la medición y decidió tomar la responsabilidad. Su mujer rechazó permanecer en la orilla. Los dos pilotos -uno suplementario había sido contratado para el paso por los rápidos- ocuparon sus puestos. Se levó el ancla y el “New Orleans” tomó la dirección correcta, su velocidad excedía la de la corriente, el exceso de vapor de la caldera hizo que la válvula de seguridad chillara y las palas giraron como nunca lo habían hecho antes, y el barco, hablando en sentido figurado, voló sobre el agua, ante la atenta mirada de la muchedumbre dispuesta a atestiguar su salida de Louisville.



Instintivamente, cada uno a bordo agarró el objeto más cercano y, con el corazón en un puño, esperó el resultado. Las aguas giraban, se arremolinaban y salpicaban la cubierta. Una fuerte pendiente hizo que el barco se lanzara súbitamente hacia delante. La destrucción parecía inevitable y nadie era capaz de musitar una sola palabra. Incluso “el tigre” pareció afectado por la aprehensión de peligro y se agachó a los pies de la Sra. Roosevelt. Por suerte, el paso se produjo rápidamente y, con sentimientos de gratitud profunda al Todopoderoso, el “New Orleans” dejó atrás los rápidos. Todavía persistía el mismo cielo de plomo, el mismo sol débil durante el día y la misma noche sin estrellas, pero la gran dificultad había sido vencida.

Hasta ahora nada había estropeado el placer de los viajeros. Las recepciones en Louisville y Cincinnati habían sido grandes acontecimientos. Sin embargo aguardaban “días de horror”. En palabras de un viajero muy inteligente de aquella época: “Muchas cosas conspiraron para hacer del año 1811, el annus mirabilis [el año de los milagros] del Oeste”. Hubo múltiples desbordamientos de ríos y una multitud incontable de ardillas, obedeciendo algún impulso universal, migraba hacia el sur, pereciendo gran número de ellas al encontrarse con el río Ohio que se interponía en su camino. Sin embargo, el principal acontecimiento negativo de ese año fue la cadena de terremotos continuados que sacudió todo el valle del Mississippi, de Missouri al Golfo.

El primer temblor fue sentido a bordo del “New Orleans” después de sobrepasar los rápidos. El efecto era como si el navío hubiera estado en movimiento y de repente hubiera chocado con tierra firme. Todo comenzó a temblar y muchos a bordo experimentaron náuseas parecidas a la enfermedad del mar. Los temblores se sucedieron uno tras otro durante la noche. Al amanecer, el barco reemprendió el viaje y, gracias al ruido de las máquinas y de las palas contra el agua, no se sintieron las subsiguientes perturbaciones.




Algunas millas por encima de la desembocadura del Ohio, la disminución de la velocidad de la corriente indicaba una subida del Mississippi. Las tierras inferiores sobre ambas orillas se encontraban bajo el agua. Un grupo de canoas intentaba acercarse a la “canoa de fuego”, nombre con el que los Chickasaws (indios que todavía ocupaban aquella parte del Estado de Tennessee) se referían al barco de vapor por la atmósfera ahumada que brotaba de él y el retumbar de las aguas por la acción de sus palas al girar. Sin embargo el vapor tenía la ventaja de la resistencia y los indios desistieron de su acoso y volvieron al bosque de donde habían surgido. Durante años, consideraron todos los buques de vapor con temor. Aún en 1834, cuando se produjo la emigración de los Chickasaws a sus nuevos emplazamientos, al oeste del río, la mayoría de ellos rechazó confiar en tales transportes, prefiriendo el viaje largo y cansado a pie.


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