El viaje del "New Orleans". Zarpamos
El barco abandona la ciudad con tres pasajeros a bordo: Nicholas Roosevelt, su esposa Lydia, embarazada de 8 meses, y un perro de Terranova inmenso llamado “el tigre”. No se sabe con certeza si también les acompañaba su hija Rose, que había nacido dos semanas después de la llegada del matrimonio a New York, tras el viaje de exploración que ya relatamos aquí.
La tripulación parece que estuvo formada por el capitán (Nicholas Baker), el piloto (Andrew Jack), un ingeniero, seis tripulantes de cubierta, un cocinero y tres sirvientes, dos de ellos para atender a la Sra. Roosevelt. Según otras versiones, el Sr. Roosevelt pudo haber actuado como capitán y Nicholas Baker como ingeniero (aunque el periódico “The Louisiana Gazette and Daily Advertiser” del 12 de febrero de 1812, lo cita expresamente como “capitán”, al igual que el “Informe de Embarcadero” de New Orleans, registro donde posteriormente se fue anotando la llegada de los primeros buques de vapor). Una vez más podemos comprobar como esta épica historia, pese a su importancia para la historia de la navegación fluvial, está llena de múltiples lagunas y versiones contradictorias. Así equipado, el “New Orleans” comenzó el viaje que cambiaría las relaciones y el destino del Oeste.
Demasiado excitados para poder dormir, el matrimonio Roosevelt pasó la mayor parte de la primera noche sobre cubierta, admirando la orilla, cubierta entonces de un bosque casi virgen, mientras navegaban a una velocidad de entre ocho y diez millas por hora. El funcionamiento regular del motor, el suministro amplio de vapor y la uniformidad de la velocidad, inspiraban por fin una confianza capaz de calmar la aprehensión nerviosa de los viajeros.
El Sr. Jack, el piloto, estaba encantado con la facilidad con la que el barco se gobernaba, y a una velocidad a la que él no estaba acostumbrado, mostrándose tan optimista como el Sr. Roosevelt con respecto al éxito del viaje.
A la mañana siguiente toda la tripulación se situó en cubierta para observar los aplausos de los habitantes de un pueblo que habían visto como el barco se acercaba por el río y se habían apresurado a salir de sus casas para saludarlos.
Durante el segundo día el “New Orleans” fondeó frente a Cincinnati (Ohio). Hay que tener en cuenta que los diques y embarcaderos eran cosas desconocidas en 1811. Aquí, como en Pittsburgh, la ciudad entera pareció haberse reunido sobre la orilla, aunque muchos le significaban: "usted nos ha visitado en un buque de vapor, pero nosotros le vemos por última vez. Su barco puede bajar el río pero, subirlo, es una idea absurda". Los barqueros cuyos hombros se habían endurecido después de muchas millas contracorriente, sacudían sus cabezas, negando también esa posibilidad.
La permanencia en Cincinnati fue breve, la suficiente para coger un suministro de madera para el viaje a Louisville (Kentucky), ciudad a la que se llegó tras nueve días navegando a una velocidad aproximada de diez millas a la hora. Era la medianoche del 29 de octubre cuando el barco fondeó frente a la ciudad. Había una luna brillante y tanta luz como durante el día. Nadie a bordo se había retirado a dormir. El rugido del vapor oído por primera vez, con sus ecos incesantes, despertó a la población y, a pesar de la hora intempestiva, la muchedumbre se dirigió a la orilla del río para comprobar la causa de ese alboroto desacostumbrado.
Al día siguiente, Lydia dará a luz a su hijo Henry. En todo momento, la Sra. Roosevelt tuvo la intención de acompañar a su marido en el viaje, a pesar de que los numerosos amigos que había hecho en Pittsburgh procuraron disuadirla de lo que ellos consideraban como una auténtica locura e intentaron convencer a su marido de que no tenía ningún derecho de poner en peligro la vida de su esposa.
Ese mismo día, el Sr. Roosevelt invitó, con motivo de su recién estrenada paternidad, a un grupo de conocidos y diversas autoridades, a cenar a bordo del barco, que todavía permanecía anclado frente a la ciudad. Se encontraban en la cabina de los caballeros disfrutando del banquete cuando, de repente, se escuchó un estruendo inusual, acompañado de un movimiento muy perceptible del barco. El “New Orleans” había perdido su ancla y, a la deriva, se dirigía hacia las cataratas, hacia su destrucción. Sin embargo, en vez de ir a la deriva, el barco remontaba el río, dejando atrás Louisville, con el motor a pleno rendimiento y aumentando la velocidad. De esta forma, el Sr. Roosevelt había conseguido convencer a sus invitados incrédulos, sorpresa que le supuso un placer fácilmente imaginable. Después de remontar el río durante unas cuantas millas regresaron a Louisville.